Lanzarote es la cuarta isla del archipiélago canario, la más nordoriental y expuesta a los vientos frescos y constantes del Atlántico norte. Aunque la isla ha sido nombrada por la Unesco reserva de la biosfera, su principal actividad sigue siendo un turismo de masas, indiferente a las peculiaridades geográficas y culturales le lugar.

La tierra es muy árida, sobre todo en la parte meridional de la isla, pero rica en sustancias típicas de los suelos volcánicos. Para cultivarla, los campesinos de Lanzarote construyen unos característicos muretes de piedra que resguardan los cultivos del fuerte viento, pero que al mismo tiempo impiden la utilización de maquinaria.

La comunidad está integrada por agricultores de la isla, todos pequeños productores, que con enorme esfuerzo manual intentan extraer algunos productos extraordinarios de esta tierra árida. Las condiciones ambientales no permiten grandes ganancias al sector, de modo que muchos abandonan progresivamente la actividad agrícola, y el paisaje rural de Lanzarote corre el riesgo de desaparecer.
Los pocos cientos de campesinos que se obstinan en trabajar los campos de Lanzarote con métodos tradicionales se dedican a algunos productos en particular. Uno de los más emblemáticos es la papa yema de huevo, una variedad de patata ligeramente dulce típica de la isla, que se con piel (por eso se llaman “papas arrugadas”), hervida a menudo en agua de mar, y acompañada de salsas a base de ajo.
Un segundo producto excepcional es el gofio: una harina producida con cereales (como maíz o trigo) y antaño también con legumbre (como lentechas menudas o chicharros, legumbres típicas prácticamente desaparecidas, tostada y molida a la piedra. El gofio es muy rico en sustancias nutritivas y es un ingrediente básico en la preparación de dulces y cremas típicas.

Para esta comunidad es muy difícil competir con los precios de los productos de importación propuestos en los supermercados, y también es difícil vender a los restauradores y a los comercios locales, todavía poco atentos a la promoción de los alimentos tradicionales de la isla. Los campesinos auguran una potenciación del proceso de producción, en particular del gofio, que sigue moliéndose con un molino de piedra secular. Este molino, dirigido por un anciano molinero, corre el riesgo de ser clausurado, porque la actividad no resulta económicamente atractiva para las nuevas generaciones.

Esta comunidad lucha para que fructifique un terreno extraordinario que sólo para una mirada superficial y apresurada parece no poder ofrecer nada.

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