Estamos siguiendo desde aquí la polémica que se esta desarrollando sobre la cocina española, implicando numerosos cocineros de vuestro país.
Con una mirada exterior, nos parece que se está perdiendo tiempo y energía en una discusión pobre por parte de los medios, desviando nuestros objetivos como Slow Food. La cocina española es grande, y sigue demostrándolo en los últimos años. Y su fuerza se encuentra antes que nada en el trabajo de los productores que hacen las materias primas y que con su duro trabajo y grandes conocimientos cuidan a la tierra dando buenos frutos. El trabajo del cocinero recoge este tesoro y lo puede transformar en algo superlativo. Que lastima perderse en ataques entre quien tiene este papel fundamental en la alimentación!
Os pediría de dejar esta polémica estéril y de volver a concentrar vuestro grande empeño en la defensa de una agricultura buena, limpia y justa.
Nos estamos preparando para Terra Madre. En Terra Madre, 5000 productores de todo el mundo encuentran cocineros y establecen diálogos, comparten experiencias, imaginan proyectos, juntos. Desarrollar una fuerte alianza entre cocineros y productores, para una alimentación buena limpia y justa, es uno de los grandes objetivos de Terra Madre.
Trabajemos todos para luchar en contra del desarrollo de transgenicos en España y los muchos problemas que afectan los campos de vuestro país y de todo el planeta. Hay que hacer un frente común y defender de manera positiva y con propuestas activas el mundo rural y la restauración que lo valora cotidianamente.
Estoy escribiendo un comunicado para definir y difundir la posición de Slow Food, que busca la colaboración de todos aquellos que quieren respetar esta idea de eco-gastronomía.
DISCURSO DE CARLO PETRINI EN BIOCULTURA BARCELONA, EL 11/05/07 COMO SOLIDARIDAD AL MOVIMIENTO LOCAL SLOW FOOD Y A LA CAMPAÑA ANTITRANSGÉNICOS LLEVADA A CABO POR SOM LO QUE SEMBREM Y EN FAVOR DE LA DEFENSA DE LA STEVIA REBAUDIANA COMO SÍMBOLO DE LA LUCHA CONTRA LAS PATENTES DE LAS SEMILLAS POR PARTE DE LA INDUSTRIA AGROALIMENTARIA
(Barcelona, Biocultura, 11/05/07, 250 asistentes).
Carlo Petrini fundó Slow Food a finales de los 80 como reacción a la invasión de la comida rápida. Siguiendo los pasos de este movimiento que tiene su sede en la ciudad italiana de Bra, han surgido numerosas iniciativas que fomentan la lentitud en los ámbitos más variados. Lo slow se lleva. Pero Petrini se resiste a que su lucha radical en defensa de una alimentación respetuosa con el medio ambiente sea una simple moda.
Las calles de Bra están llenas de patios de vecinos, escondidos tras enormes portalones. Patios que en verano deben de estar llenos de vida, pero a los que en las tardes gélidas del diciembre piamontés no asoma un alma. En uno de ellos, en la estrecha Via della Mendicittà, se encuentra la sede de Slow Food, el movimiento que desde sus orígenes preside Carlo Petrini. Todo empezó a finales de los ochenta, cuando este periodista y sus amigos, todos ellos vinculados a la izquierda radical italiana, redactaron un manifiesto en contra de la invasión del fast food. Estaban indignados porque acababan de abrir un MacDonald’s en la romana plaza de España.
Este sociólogo y crítico gastronómico italiano fue uno de los primeros en concienciar a la humanidad de que debíamos ralentizar nuestro ritmo, tanto en la vida como en la comida. Fundador del “Slow Food”, a él se le debe la aparición del movimiento Slow.
La revista estadounidense “Time” lo reconoció en 2004 como uno de los héroes europeos del año. No en vano, este fundador del movimiento Slow quiso, primero a través de la comida, cambiar los malos hábitos que habíamos ido adquiriendo tras 150 años de culto a la velocidad. le sigue doliendo ver como la tierra madre padece estrés porque hemos exagerado con el uso de pesticidas y abonos químicos, o como nuestros gustos son manipulados en el interior de laboratorios y los niños son condicionados, por eso Carlo Petrini no cuenta con deponer las armas. (más…)
En mi tierra usamos una metáfora para explicar por qué las gallinas cuando ponen un huevo son más populares que las hembras de pavo. De hecho también las pavas ponen huevos, pero nadie parece reparar en ello. La diferencia es que las gallinas al poner un huevo “cacarean”, y esto al final es una forma de mercadeo. Las gallinas se hacen notar, las pavas no.
Nuestras terruños, los territorios de las comunidades del alimento, están repletos de productos óptimos e importantes, de lindas cosas que promover, de tradiciones fascinantes: y nosotros lo sabemos. (más…)
En el mundo de la alimentación ocurren cosas surrealistas. Por ejemplo, el hecho de que los Países Bajos se hayan convertido en los mayores exportadores mundiales de naranjas tan sólo porque han desarrollado la logística de su distribución. Espulgando entre los datos que nos facilita el departamento de agricultura de EE.UU., se descubre que en 2004 Estados Unidos exportó 20 millones de dólares de lechugas a México, y el mismo año importaron 20 millones de dólares de lechugas de México. Según el sitio internet de la BBC, algunos pescados ingleses se envían a China para ser allí preparados y confeccionados, y regresar finalmente a la patria para ser vendidos en los supermercados.
Por Carlo Petrini, Presidente internacional de Slow Food
Los tres últimos números de Slow, inspirados en una canción de Claudio Lolli, nos han hablado de la tierra, de la luna y de la abundancia: pero ¿qué es lo que pretendemos realmente los de Slow Food?
Queremos una Tierra sana, productiva, respetada y al servicio de hombres y mujeres orgullosos de su propia cultura. Una Tierra con un futuro resplandeciente. Queremos la abundancia, la dignidad para todos, sobre todo para los campesinos y trabajadores del mundo del alimento, que puedan vivir dignamente y contribuyan a construir un nuevo sistema del alimento. Queremos la luna, poder pensar a lo grande, sin límites. No nos asusta la utopía, no nos asusta imaginar unos cambios virtuosos que puedan hacer historia, no nos asusta ponernos a trabajar para ello. Para que ese placer, nuestro motor originario, se convierta en un derecho universal, para que sea el placer de estar bien en un planeta sano.
Nos acercamos a un congreso mundial, el de Puebla en México, que sancionará los cambios ocurridos en los últimos cuatro años en el seno de nuestro movimiento y que nos conducirá hacia un mañana lleno de nuevas perspectivas.
Recuerdo siempre el 2004 como año germinal del cuatrienio que ha seguido al último congreso mundial celebrado en Nápoles: un año que fue escenario de la primera, novedosa, edición de Terra Madre y la inauguración de la Universidad de los Estudios de Ciencias Gastronómicas (a cuyos primeros titulados homenajeamos actualmente). Se trata de dos grandes proyectos, dos sueños convertidos en realidad. Dos elementos que han cambiado y ampliado profundamente la óptica de Slow Food, que sobre el rastro de lo que el movimiento ha pensado, construido y compartido entre los miembros de todo el mundo a lo largo de dos décadas, se ha planteado un nuevo y ambicioso programa. Ya he recordado varias veces que Terra Madre ha añadido a las competencias y a los conocimientos de todos los socios de Slow Food un nuevo factor humano: nuevos sujetos productores, muy activos en el mundo del alimento, pero también nuevos países, nuevas culturas, nuevas situaciones que en muchos casos sufren en su propia piel los problemas más graves del sistema alimentario, aquellos a los que desde siempre tratamos de hacer frente. Con estas personas, Slow Food ve aumentar de manera exponencial su complejidad, pero también sus estímulos. Y no sólo: también las posibilidades.
Nació como respuesta a la apertura del primer restaurante de comida rápida (fast food) en una plaza de Roma. Sus promotores plantean esta disyuntiva: podemos tomar el riesgo de llevarnos a la boca químicos dudosos o bien optar por el placer de la comida variada y segura. La comida lenta, dicen sus creadores, aprovecha la “globalización virtuosa” y puede extenderse a los países pobres.
Mucho tiempo antes de que los manifestantes y la policía se enfrascaran en una batalla campal en las calles de Génova durante la cumbre del G8, un intento potencialmente más influyente por guiar la dirección de la globalización se desarrollaba lentamente, como a dos horas en coche, en la región vecina rural de Piamonte en las faldas de los Alpes italianos.
En el pequeño pueblo de Bra, en una área famosa por sus vinos tintos y sus trufas blancas, están las oficinas centrales de un movimiento llamado Slow Food (Comida Lenta), dedicado a conservar y apoyar maneras tradicionales de cultivar, producir y preparar comida. (más…)
“La gastronomía debe ser defendida y salvaguardada como parte del patrimonio cultural de un país”
Si su idea de un gastrónomo es la de un sibarita mundano y frívolo obsesionado tan sólo con procurarse bocados deliciosos, olvídese. Carlo Petrini es un gastrónomo y le encanta comer bien, sí, pero también es la muestra viviente de que la cocina puede ser un arma política. En contraposición al infame fast food, este italiano elegante y lánguido fundó hace ya casi 20 años Slow Food, una incansable organización que trabaja, propone, defiende, ataca, publica y organiza. Todo ello, en contra de la estandarización del gusto y en reivindicación del extraordinario placer sensorial que se puede obtener de un buen cocido montañés, de un gazpacho preparado a la antigua usanza o de un queso artesano. Al fin y al cabo, Petrini considera que las tradiciones gastronómicas tienen la categoría de bienes culturales y que, como si de un cuadro o de una escultura se tratase, deben contar con la protección de los gobiernos. (más…)
Desde la fundación de la primera radio libre italiana, Radio Onda Rossa, Carlo Petrini, 55 años, tiene una larga experiencia como agitador cultural. Y, al mismo tiempo, como aficionado a la buena mesa. Junto con algunos amigos, en 1988 fundó Slow Food, una asociación para la que no existe la verdadera gastronomía sin la defensa del medio ambiente y del comercio justo. Una idea pujante que se está abriendo camino en todo el mundo. (más…)