Convivium Araba-Álava

El slow food se lanza a la conquista de los paladares de Tarragona

(Artículo de Xavier Fernández José, publicado en El Diario de Tarragona el 3 de mayo de 2005)

«La velocidad se ha convertido en nuestra prisión. Todos nos hallamos contagiados por un mismo virus: la ‘fast life’ que transforma nuestras costumbres, nos persigue incluso en nuestros hogares, y nos obliga a alimentarnos de ‘fast food’», reza el manifiesto del slow food aprobado ya en 1989. ¿Quién no se siente identificado con la angustia de las prisas, por estar saturado de trabajo, por tener que comer en el burger de turno en unos minutos? El movimiento del slow food, gran enemigo de esa locura del ‘rápido, rápido’, se ha puesto de moda.

Este fin de semana aún lo estará más. Tarragona es uno de sus objetivos. El slow food, que promueve un profundo cambio en nuestro sistema de vida, será la estrella de la Fira Biocultura que se celebra entre el viernes y el lunes en Barcelona (ver despiece). Además, responsables de todo el Estado se reunirán en Sitges para, entre otros objetivos, reorganizar su presencia en España en general y en Catalunya y Tarragona, en concreto. «Tenemos que aprender a vivir más ‘slowly’ (lentamente).

Dos amigos de mi hijo, de 33 años ambos, murieron de infarto. Aunque parezca un sueño imposible, se tiene que intentar», asegura Florence Imbert. Florence es la responsable del convívium Tarraco, la ‘delegación’ en Tarragona de slow food. Fue además la segunda socia en España del movimiento, tras su fundador en el Estado, el italiano Sandro Desii. «Queremos recuperar socios» Florence participará en la reunión de Sitges y quiere ‘resucitar’ esta filosofía de vida en Tarragona: «Tenemos que recuperar socios». En su día, slow food llegó a contar con una cuarentena de miembros en la provincia pero una serie de circunstancias personales de Florence y organizativas desde Barcelona provocaron que dejara de promover actividades –organizaba catas de aceite o vinos y salidas culturales– y la gente se desanimó. Su objetivo es ahora rescatar lo perdido. Pero «sin prisas». Cómo no.

En la actualidad, slow food cuenta con 80.000 socios en 104 países del mundo, agrupados en 750 convívium o grupos regionales. En España, los miembros son 1.500, desperdigados por Catalunya, Madrid, País Vasco, Andalucía, Aragón y Galicia. No cuentan con una organización que los agrupe en una estructura definida. El responsable de la junta provisional española, Juan Bureo, apunta al Diari que «queremos coordinarnos e intercambiar experiencias, ayudarnos los unos a los otros». Ese es otro objetivo de la ‘cumbre’ de Sitges.

¿Qué es el slow food? El responsable del convívium del Garraf, Valentí Mongay, lo define como la «defensa del derecho de todo el mundo al placer de la gastronomía, de la buena mesa». Una buena mesa que no tiene por qué nutrirse de sofisticados platos de la nouvelle cousine, sino «que los alimentos estén producidos lo más cerca posible y tengan sabor». «Son cosas buenas, aunque sean sencillas: unos mejillones al vapor de la costa Mediterránea con aceite de Tarragona», ejemplifica Florence. Es decir, por encima de todo, productos locales.

Aunque a España llegó en 1990, el movimiento nació cuatro años antes en Italia. Un crítico gastronómico, Carlo Petrini, sintió que se le caía el mundo encima cuando –pecado entre los pecados– una cadena de hamburgueserías abrió un establecimiento en plena Plaza de España en Roma. Petrini contraatacó al fast food y eligió como sede de su cruzada la localidad de Bra, una población de 28.000 habitantes situada al norte del país, entre Turín y Génova. El slow defiende sobre todo los productos agrícolas artesanales, nada de las macroproducciones: «Acabaremos comiendo lo que quiera la industria alimentaria, a la que le interesa sólo la cantidad, no la calidad. Por ejemplo, recolectan las verduras y frutas antes de que hayan madurado, luego viajan en cámaras y las sacan al mercado. Por eso pierden sus cualidades y su gusto», dice Mongay.

Para salvar ese sabor tradicional, Slow se ha ‘apuntado’ al Antiguo Testamento y ha organizado una especie de Arca de Noé gastronómica. Se trata del «Arca del gusto», un lugar virtual en el que se reúnen los productos y especies que se consideran en peligro o que tienen un especial interés. Virtual. Y real. Porque desde slow food se patrocinan proyectos para salvar esas especies. A la reunión de Sitges de este fin de semana también acudirán representantes de la Fundación Slow Food para la defensa de la biodiversidad. Los slows hispanos les presentarán diversos productos para que puedan ‘navegar’ en ese arca virtual, como, por ejemplo, el aceite de Siurana, que «no está en peligro pero es muy interesante y por eso lo proponemos», comenta Mongay. También se ofrecerán las ‘mongetes de ganxet’, el ‘ nec mut del Penedès’, la ‘escarola de cabell d’ ngel’ y los ‘espigalls’. Precisamente Mongay es un experto en la cocina de estos últimos, una especie de col propia de Vila-nova, y los ofrece en su restaurante de Sitges, La Salseta.

Otro socio del slow dedicado a la restauración, Benito Baguena, propietario del restaurante Ara-Cata de Tarragona, señala que «quieras o no, los que se apuntan al slow food tienen un cierto nivel cultural y gastronómico. Son como francotiradores» y lamenta que «los niños están perdiendo el gusto. Si un chico sólo ha probado los tomates de invernadero y le das a probar uno natural, cogido de la huerta, incluso lo puede rechazar. Lo mismo pasa con la leche. La recién ordeñada no les gusta porque están acostumbrados a la envasada».

Florence Imbert recuerda que sus colegas del slow hicieron una prueba en un colegio: «Vendaron los ojos a varios pequeños y les dieron a oler y probar fresas y otras frutas frescas. Los chavales dijeron que eran pasta de dientes o chucherías». Por todo esto, otro de los puntales del slow es enseñar a reconocer y saborear los alimentos. El movimiento ha montado incluso un centro universitario en Bra. Se trata de la «Universidad de la Ciencia Gastronómica», que cuenta con 90 alumnos que cursan una carrera de cuatro años. Su director, Vittorio Manganelli, estuvo en Zaragoza el mes pasado. Allí, según informa Efe, aseguró que «la iniciativa está teniendo mucho éxito en todo el mundo» y que pese a su elevado coste –17.000 euros anuales– ha conseguido que más de 200 personas hayan solicitado su entrada en la primera semana de inscripción para el próximo curso, sobre todo japoneses y estadounidenses.

(Artículo de Xavier Fernández José, publicado en El Diario de Tarragona el 3 de mayo de 2005)


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